
PARQUES ITINERANTES
Periódico La Nación
Carlos Cortés
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Patinando en el parque , por Rodolfo Stanley
(acrylic, 1996) |
Rodolfo Stanley pinta lo que ve y, lo que es aún mas difícil, nos hace ver, o imaginar, lo que ve.
Su obra estalla, vibra, hormiguea en busca de un movimiento dentro de su frágil estatismo. Es un sutil zigzag entre la ilusión del diseño y la omnispresencia del color. Sus formas, aéreas y enrarecidas, volátiles y abigarradas a la vez, se filtran en una gasa empapada de colorido hasta saltarnos a los ojos.
Como en una película que reacciona ante el ácido de una pasión desbordada, los olores entran en acción, vibran en esa urgencia preciosista que ha tenido su pintura previamente preparados.
Su pintura es la ritualización de la vida y del arte mezclados. El ciclo, el rito, el mito que nos salva de la muerte. Su pintura no es tanto un espacio como una vibración en el aire inmóvil- móvil de la tela, que nunca es blanco. Detenida, reposada agitación que, en el cuadro, es necesariamente dimensión y perspectiva: ¿qué de todo aquello retenemos?
Retenemos esa irradiación total del color. Su ciclo de los parque alcanza un raro equilibrio, ente la saturación y la transparencia. Vemos a la vez la materia en suspensión, en esa inestabilidad, en esa vacilación de los volúmenes donde registramos la forma, el arquetipo, la sombra del mundo, el dibujo del cosmos. El tiempo no pasa en los cuadros de Stanley.
Retenemos el color y, en su agua casi táctil, una serie de impresiones: un carrusel – la vida, un carnaval, la fiesta, una orgía, un baile de mascaras, akelarre, juegos, parejas que se (des)hacen/(re)haciendo(se) el amor - ¿hacemos el amor, o el amor nos hace?, pregunta Cortázar-.
Certeza escurridiza.
Stanley ve una materialidad fugándose, una certeza escurridiza por el paso del tiempo. Quizá por eso ha ¨convocado¨ los parques – como quien proclama la abolición del tiempo- como elemento estructurador de su mas reciente ciclo pictórico: esos parques donde la noche es casi perenne, en los que nada ocurre y, a fuerza de invocar la repetición de los actos humanos, todo sucede.
En el parque comienza y acaba la vida: campo urbano, naturaleza artificial en la que los niños empiezan a jugar y los ancianos pierden la memoria. Puente, transito ,túnel al descampado entre la ciudad y otra; limite que en lugar de separar, une. Lugar de comienzos, de sacrificios, de juegos, de secretos, de descubrimientos. El verdadero parque siempre esta dentro de nosotros mismos.
Su pintura tiene la cualidad de ser ligera, las figuras levitan en su propia tinta espacial, en su inaprensible mestizaje plástico, sin posible desarticulación, como fragmentos a su imán. Es este encadenamiento de flujos y apariencias lo que crea ¨la ceremonia¨, la puesta en escena de su creación.
Obra profundamente nocturna, lunar, erótica, en la cual las niñas son viejas, las mujeres muñecas o, las santas son putas o las putas... santas.
Creación religiosa y sacrílega a la vez, onírica y realista, ingenua y perversa, sensual y grotesca, donde las cosas están bañadas por una luminosidad suspensa que las aclara y también las difumina.
Pinta lo que ve y nos hace ver lo que pinta: un mundo de siluetas y apariencias, de máscaras descuartizados, de maquillajes de medianoche que ocultan un cadáver exquisito, una armadura demasiado humana.
¿Qué hay detrás del gesto, que hay más allá del color?, pregunta Stanley. Sin respuesta directa, sin embargo, el artista retrata aquel suspiro muerto que queda pegado contra el vidrio instantáneo de nuestra mirada.
En la oscilante mirada humana, el artista ha descubierto la eternidad que huye, la infinita multiplicación de los espacios que ocultan la negación de espacio. Pinta el color es también pintar el vacío. ¨Ser es la razón para dejar de ser¨, dice el imaginario y real portugués Ricardo Reis.