• Suplemento Cultural

    Tiempos del Mundo Costa Rica
    Jueves 18 de Marzo 2004
    Andrea Solano
    Seducción a color

    El artista costarricense Rodolfo Stanley rinde un homenaje gráfico al erotismo con una muestra de 30 monotipias en las que trazos, colores y texturas bailan la danza de la sensualidad.La exposición se exhibe en la Galería Nacional del Museo de los Niños.

    Cuerpos o detalles de ellos; atmósferas y sensaciones; juegos cromáticos e impresiones únicas en papel. En su más reciente exposición el artista costarricense Rodolfo Stanley aprovecha el expresionismo para recuperar el cuerpo humano como instrumento de comunicación.

    La muestra reúne treinta monotipias en pequeño formato y permanecerá en exhibición hasta finales de marzo en la Galería Nacional del Centro Costarricense de Ciencia y Cultura (Museo de los Niños)..

    Vehículo seductor

    Seducir al espectador con la figura humana como gancho y los recursos pictóricos como herramienta es el propósito de la exposición. En cada pieza el artista juega con la desnudez, masculina o femenina, la línea, el color y el movimiento para: "Recuperar el interés en el cuerpo humano como forma irrepetible. Retomo los valores del arte clásico, pero con una visión eminentemente individual que revela contenidos cargados de sensualidad y erotismo, como en mis obras anteriores.??

    Sin embargo los desnudos no son explícitos, sino mas bien insinuados y ahi reside precisamente su atractivo: "El erotismo es un juego y su mundo esta hecho de rituales, no sagrados sino paganos de voluptosa carnalidad". Esta muestra da continuidad temática a series anteriores con "Los Parques" y "La Noche".

    El artista ubica las obras de esta muestra dentro del expresionismo, corriente artística que exagera las experiencias subjetivas del individuo.Una obra expresionista utiliza deformaciones figurativas y derroches cromáticos para acentuar las emociones a veces hasta limites irreales.

  • La Fascinante "Noche" de Stanley

    Periódico La Nación
    Crítica de arte
    Juan Bernal Ponce
    23/11/99

    La noche estaba bien avanzada cuando Rodolfo Stanley entró en el salón. El aire estaba lleno de rocola y humo, las figuras se desplazaban al ritmo de la seducción y el sexo. El pintor saco disimuladamente su libreta y anoto algunos contornos y siluetas con trazos rápidos ; lo demás, lo guardo en su esponjosa memoria. Así pudo pintar luego en su taller esta Serie La Noche, que mas que un reportaje al bajo mundo, es un descenso a los infiernos¨a la manera de los románticos.

    Esta muestra es una intensa visita al contramundo de las pasiones sesgadas y el amor a pagos, un testimonio de la angustia alcohólica seguida del apareamiento y la resaca, pero toda la iniquidad emerge artísticamente de las telas, con colores finos y una tierna textura, untosa y gruesa, que deja entrever el elocuente dibujo bajo capas y capas de leve pigmento.

    El artista ejerce una observación aguda de las facciones iluminadas con focos estentóreos y contrastes violentos de sombras, se fascina por el detalle finamente descrito: cierta botella verdemusgo con su brillos lívidos, colillas por docenas baja la cama ese perro infame que husmea los residuos de la bacanal.

    La augusta presencia de la vieja rocola, abirragada cual corbeta musical hecha de contradictorios materiales domina el ambiente mientras una ¨striptisera¨ desnuda carnes abundantes en primer plano, determinando una vertical canónica que se erige en dictadora de una composición cercana a la sección áurea.

    Otro cuarto es escenario de concursos extraños, competencia de posaderas gastadas ante una concurrencia varonil jocosa que aparece en contraluz violenta, en resplandor pálido muy ämighetiano¨, un enceguecedor estallido blanco que recorta siluetas contorsionadas.

    En todo eso hay un inmenso cúmulo de observación y un elaborado proceso en el que se escogen y rechazan las sugerencias crudas para darse luego a la tarea de concebir combinatorias acertadas y fecundas, seguidas del rito de trazar la trama dibujística de la tela, de contraponer masas y de configurar las coreografías con las actitudes y los gestos: cierta cadera masculina muy quebrada, el rictus de una mano, los ojos vidriosos de trasnochada.

    No es poco merito no repetirse, entregarnos un muestrario completo de escenas y composiciones novedosas, encuadres cinematográficos recortados cuidadosamente. Mucho oficio de diseñador ayuda a dominar una realidad espesa y abundante que puede escaparse de las manos desparramándose para perder su capacidad de impacto, convirtiéndose en jolgorio lejano al arte, en manoseo fútil.

    Por el contrario, el artista Stanley nos enseña su saber hacer, no solo saber ver, así logra una obra dotada de altos valores emotivos estéticos. Su colección homenaje a la noche no solo marca un giro en su carrera, sino que reafirma su posición relevante en el panorama plástico actual.

  • Rodolfo Stanley, Movimientos de vida

    Aurelio Horta
    Crítico de arte del periódico La Nación
    Miercoles 14 de julio del 2004

    La capacidad sensible, eso que llamamos cultura estética, se amplía en la medida que se globaliza más nuestra experiencia. Desde la caminata espacial hasta la comunicación cibernética, la cualificación de los sentidos compromete cada vez más el orden artístico.

    El placer en la concomitancia global implica, por supuesto, una (des)colocación de este orden que, entre otras razones, supera muchas de las limitantes que los cultismos no pudieron alcanzar a explicar en la recepción del arte. Rodolfo Stanley, lo sabe, por eso salva ante todo el movimiento, que es la misma vida, pues en medio de cualquier desorden, esta es una condición filosófica primera. En la historiografía del arte, el movimiento siempre es un gran desafío, de ahí que desde los bisontes prehistóricos, la actitud y el trato espacial hayan guardado la clave de la expresión; dos aspectos que parecen fluir sin menor complicación de la mano del artista.

    La sensibilidad del baile igual se siente en El Tobogán que en lo salones de Cualquier Center Club, por lo que podría hablarse de ese costado sociológico de la representación donde las escenas recrean diferentes tipos de salones, traspasando así cualquier localismo. El gusto recrea el apetito del deseo, y, más tarde, la posibilidad de poseer.

    En las primeras manifestaciones de la danza relacionadas con las tareas agrícolas, el movimiento exigía una calidad, porque en su profundidad y franqueza se obtenía el fruto.

    El baile popular no renunció nunca a esa máxima; Stanley explaya el concepto con furor barroquista, estrategia impresionista, y rotundo sentimiento romántico, ese infinito de lo latinoamericano. Y es que la autonomía del gusto articula también con una comunidad que la experiencia del baile en esta pintura instala en un bosque de símbolos refractarios de alta dimensión cultural; lo meramente artístico exterioriza la fuerza del dibujo, quizá la mayor prueba de que los temas son un atributo más de la obra de arte, y esta se define en la resolución con otros valores cognoscitivos como el color, la perspectiva, la representación, y otros. Stanley saca partido al valor del movimiento desde lo escultórico. Si en el primero este se desplaza, en el segundo se consume la atmósfera y el ambiente. Por encima del color un silueteo ex profeso de volúmenes rescata la esencialidad de un ritmo espacial con una ganancia de detalles en las inteligentes impresiciones de los objetos, y en las facultativas pretensiones de los cuerpos y caracteres humanos.

    Apuntar hacia algunas obras sería como recordar solo algunas piezas del baile, y aquí el arte entiende lo contrario. Baile caliente, La Olla del Viernes o Leda y Rodolfo son momentos, según el bolero, para no olvidar, pero Giros de la noche o Muévelo llegan a cualquier salón con absoluta propiedad, ya que el goce de la pintura aquí se encuentra en su fidelidad creativa. Si en algún momento se concilia o responde a cualquier preocupación o desilusión social, justo es para salvar la vida.

    El público lo conoce muy bien, y por eso lo agradece.

  • Parques Itinerantes

    Periódico La Nación
    Carlos Cortés
    Rodolfo Stanley pinta lo que ve y, lo que es aún más difícil, nos hace ver, o imaginar, lo que ve.

    Su obra estalla, vibra, hormiguea en busca de un movimiento dentro de su frágil estatismo. Es un sutil zigzag entre la ilusión del diseño y la omnipresencia del color. Sus formas, aéreas y enrarecidas, volátiles y abigarradas a la vez, se filtran en una gasa empapada de colorido hasta saltarnos a los ojos.

    Como en una película que reacciona ante el ácido de una pasión desbordada, los olores entran en acción, vibran en esa urgencia preciosista que ha tenido su pintura previamente preparados.

    Su pintura es la ritualización de la vida y del arte mezclados. El ciclo, el rito, el mito que nos salva de la muerte. Su pintura no es tanto un espacio como una vibración en el aire inmóvil- móvil de la tela, que nunca es blanco. Detenida, reposada agitación que, en el cuadro, es necesariamente dimensión y perspectiva: ¿qué de todo aquello retenemos?

    Retenemos esa irradiación total del color. Su ciclo de los parque alcanza un raro equilibrio, ente la saturación y la transparencia. Vemos a la vez la materia en suspensión, en esa inestabilidad, en esa vacilación de los volúmenes donde registramos la forma, el arquetipo, la sombra del mundo, el dibujo del cosmos. El tiempo no pasa en los cuadros de Stanley.

    Retenemos el color y, en su agua casi táctil, una serie de impresiones: un carrusel – la vida, un carnaval, la fiesta, una orgía, un baile de mascaras, akelarre, juegos, parejas que se (des)hacen/(re)haciendo(se) el amor - ¿hacemos el amor, o el amor nos hace?, pregunta Cortázar-. Certeza escurridiza.

    Stanley ve una materialidad fugándose, una certeza escurridiza por el paso del tiempo. Quizá por eso ha ¨convocado¨ los parques – como quien proclama la abolición del tiempo- como elemento estructurador de su más reciente ciclo pictórico: esos parques donde la noche es casi perenne, en los que nada ocurre y, a fuerza de invocar la repetición de los actos humanos, todo sucede.En el parque comienza y acaba la vida: campo urbano, naturaleza artificial en la que los niños empiezan a jugar y los ancianos pierden la memoria. Puente, transito, túnel al descampado entre la ciudad y otra; limite que en lugar de separar, une. Lugar de comienzos, de sacrificios, de juegos, de secretos, de descubrimientos. El verdadero parque siempre está dentro de nosotros mismos. Su pintura tiene la cualidad de ser ligera, las figuras levitan en su propia tinta espacial, en su inaprensible mestizaje plástico, sin posible desarticulación, como fragmentos a su imán. Es este encadenamiento de flujos y apariencias lo que crea ¨la ceremonia¨, la puesta en escena de su creación.

    Obra profundamente nocturna, lunar, erótica, en la cual las niñas son viejas, las mujeres muñecas o, las santas son putas o las putas... santas.

    Creación religiosa y sacrílega a la vez, onírica y realista, ingenua y perversa, sensual y grotesca, donde las cosas están bañadas por una luminosidad suspensa que las aclara y también las difumina.Pinta lo que ve y nos hace ver lo que pinta: un mundo de siluetas y apariencias, de máscaras descuartizados, de maquillajes de medianoche que ocultan un cadáver exquisito, una armadura demasiado humana.

    ¿Qué hay detrás del gesto, que hay más allá del color?, pregunta Stanley. Sin respuesta directa, sin embargo, el artista retrata aquel suspiro muerto que queda pegado contra el vidrio instantáneo de nuestra mirada.

    En la oscilante mirada humana, el artista ha descubierto la eternidad que huye, la infinita multiplicación de los espacios que ocultan la negación de espacio. Pinta el color es también pintar el vacío. ¨Ser es la razón para dejar de ser¨, dice el imaginario y real portugués Ricardo Reis.

  • La Mancha del Quijote

    Amalia Chaverri
    Viceministra de Cultura
    Noviembre 2005

    El recién pasado año 2005 se caracterizo por una gran cantidad de actividades que el Ministerio de Cultura y otras instituciones nacionales realizaron en conmemoración de los cuatrocientos años de la publicación de la primera parte del Ingenioso Hidalgo don Quijote de Mancha.

    Fue un año donde artistas consagrados y personas interesadas en el arte de la plástica recrearon la figura del caballero de la triste figura; la calidad de los resultados y la cantidad de propuestas que se exhibieron, mostraron que don Quijote sigue vio en el imaginario colectivo de los costarricenses.

    Hubo también casos especiales como el que hoy nos ocupa. Somos conscientes de que el destacado artista nacional Rodolfo Stanley realizo, durante todo el año 2005, un trabajo silencioso, constante y de gran calidad, sobre nuestro inolvidable personaje. En pintura sobre tela y en monotipia, técnicas que maneja con gran destreza, reelaboro y recreo los avatares del caballero, con gran imaginación y dentro de su especial distintivo, un gran dominio de los colores.

    De lo anterior se desprende la importancia de este almanaque patrocinado por la empresa Mastertitho y que consta de seis obras de Rodolfo Stantey. El simbolismo del Quijote seguirá presente, mes a mes, en el 2006, acompañándonos en nuestro diario vivir al llevar la cuenta del paso de los días. De igual manera, será un almanaque digno de la designación de la ciudad de San José como "Capital de la cultura iberoamericana¨ durante el 2006.

  • Bailongos

    Efraím Hernández
    Periódico La Nación
    Julio 04 del 2004

    En Bailongos, Rodolfo Stanley presenta un conjunto de piezas de carácter figurativo que traducen la visión del autor de una experiencia de observación en el interior de la cultura popular.

    Conocido por una pintura que revela un agudo sentido de lo sensual y lo erótico en distintas series a lo largo de su carrera, Rodolfo Stanley nos ofrece ahora una ¨ficción¨ que estructura de una especie de ¨puesta en escena¨ en la que hinche los lienzos de deseo y retórica de seducción, motivo que el pintor aborda desde la perspectiva de cierto humor mordaz.

    Después del conjunto de obras estructuradas en torno a la metáfora de los parques, Stanley explora hoy nuevos espacios teatrales con una figuración más "realista" que se introduce en los intersticios de la noche, para recoger un puñado de personajes que nos enfrentan con las oscuras fronteras del deseo y lo prohibido.

    La actitud inicial del pintor frente a estos motivos, se mantuvo objetiva en su primera producción, hoy, esta deviene en una cierta afectividad en el novel conjunto de obras interesadas en otros aspectos de la vida nocturno josefina.

    La serie Bailongos se acerca a un elemento medular de la cultura costarricense, el gusto por el baile y la cadencia sensual de los ritmos, vehículos de seducciones y traductores del deseo.

    El escenario se transforma y el ritual de los protagonistas continúa. Armado con sus pinceles, Stanley se instala en las salas y salones de baile del área metropolitana, y reconstruye desde esos espacios de diversión, los giros, los abrazos, el contoneo y el vértigo de las cadencias en telas que exudan la avidez de los cuerpos entregados al ritmo.

    Los recursos cromáticos combinan una estructura de color que proyecta atmósferas sugerentes y se detiene en ¨comentarios¨ pictóricos, giros tensos justificados en cierta emotividad en el tratamiento del tema y en la acción representada.

    En estas telas, los aspectos técnicos muestran el dominio del color característico de la pintura culta y la incursión en el estudio cromático de atmósferas que incorporan el sentido popular del uso del color. Por otra parte, Stanley consigue una sensación vibrante que sugiere a manera de símil, la iluminación los ritmos propios de estos espacios para la danza. El baile como ritual de cortejo y seducción, bailar por la pasión misma del movimiento, constituye un componente esencial de la cultura nacional. La ciudad se embriaga, noche tras noche con melodías que seducen los cuerpos y los llevan a oficiar el ritual interminable del baile, esa peculiar manera de comunicar y expresar lo erótico y lo sensual.

    Los personajes de Stanley habitan con desenfado los espacios de la noche, arrebatados por la música, intensificando la presencia del cuerpo, la fuerza del deseo, la avidez del contacto físico, la embriagues de la entrega y en algunas ocasiones, la violencia de la noche.

    En esta nueva serie de pinturas, Rodolfo Stanley observa y explora un mundo cuyas dimensiones juzga y a la vez fomenta una sociedad con valores duales.

    El tema, delicado por la ineludible dimensión social que posee, alcanza en manos del pintor, un equilibrio entre la descripción, el drama y lo pictórico.